La influyente aparición de Raymond Williams (1921-1988) modificará las posiciones anteriores. Primero porque destroza uno de los clichés dominantes en el escenario: “una de las presunciones de la teoría era que algo estaba mal con la cultura popular y, obviamente, una vez se había hecho esa presunción, el resto era inevitable: se encontraba aquello que se estaba buscando: signos de decadencia y deterioro[1]”. Si bien hereda la concepción del ideal cultural, en que la perfección tiene “valores universales absolutos[2]”, este autor apunta el rol documental histórico y, principalmente, a su aspecto social. Para él, la cultura “es una descripción de un modo de vida específico”, desde un punto de vista antropológico, pero se compone de otros dos puntos cruciales. Los tres están ligados porque “existe una referencia significativa en cada uno de ellos” y son inseparables porque “tenemos que intentar ver el proceso como un conjunto”[3]. Entonces al primero se le agrega: 2) la expresión de valores y significados; 3) la clarificación de los significados y valores implícitos y explícitos en un determinado modo de vida, de una determinada cultura[4]”.

Esta visión más humanística acerca de la cultura es la distancia que lo separará de Leavis y Arnold. Williams sostendrá que las experiencias vividas “son la base para una definición democrática de la cultura”; en la que también diferencia entre “los bienes culturales creados por las industrias […] y lo que la gente hace con esos bienes […] No es posible reducir a las personas a los bienes que consumen[5]”. Y sentencia que “no hay… masas; sólo hay modos de ver a (la otra) gente como masas[6]”.


[1] Storey, 2002, p.63.

[2] Storey, 2002, p.79.

[3] Storey, 2002, p.80-81.

[4] Storey, 2002, p.80.

[5] Storey, 2002, p.85.

[6] Storey, 2002, p.64