Como en todo monopolio de poder, el gran problema de las teorías que presentan Arnold y Leavis es quién está capacitado para separar la paja del trigo y definir qué es cultura ‘buena’ o ‘mala’.

Ninguna minoría, por más iluminada que se encuentre, podría ostentar semejante capacidad. Así, la democratización de los contenidos artísticos –un proceso  en el que Internet tiene mucho que decir actualmente-, es un ejercicio sano para que cada uno pueda escoger la frecuencia que prefiera.

Vistas a la distancia, las obras de Arnold y Leavis fueron una reacción anticiclónicas ante los tsunamis sociales que cambiaron los status quo heredados de las monarquías absolutistas.