
“A priori es un diálogo entre un parlanchín y un mudo. La producción (el periódico, el film, la transmisión, etc.) ofrece cuentos, historia, se expresa a través de un lenguaje. El consumidor, -el espectador- sólo responde con reacciones pavlovianas, con el sí, o el no, que decretan el éxito o el fracaso” (Morin, 1962, 39).
Leyendo el texto de Hall que nos acercaba la consultora, tengo la sensación de que esta queja generalizada sobre los medios continúa vigente en el imaginario popular. Es fruto de una teoría conductista, de la aguja hipodérmica, donde “cada individu és un àtom aïllat que reacciona per separat a les ordres i suggeriments dels mitjans de comunicación de masses monopolitzats. S’atribueix als mitjans de comunicació de masses un poder extraordinari per a modificar radicalment les actituds, les opinions i les preferències col·lectives dels ciutadans#”. La idea de base que se aprecia es que los medios se reciben de una forma única por el público y que las reacciones se realizan por estos estímulos.
Ahora bien, ¿qué otro diálogo es posible entre producto – consumidor si no es el mismo modelo que plantean los medios de comunicación? De hecho estos son más plurales en sus estructuras dándole voz a muchos ciudadanos mediante distintos espacios que otras empresas productoras, donde el feedback puede ser nulo.
Y, de hecho, la reacción pavloviana que señala Morin es la mordida más fuerte para el propio medio o productor. El poder del usuario, al decidir la no consumición del producto, es el arma más potente. Sin plata no baila el mono.
